La relación entre la ropa y la época

En todos ellos se percibe una íntima correspondencia entre la ropa y la época, de fuerte contenido teatral y dramático. En la acuarela de Pellegrini del año 1831, Tertulia porteña, los hombres lucen ya el chaleco colorado federal, y los cinco vestidos de las mujeres con peinetón son un ejemplo de las modas de la época. La más elegante lleva un vestido color marfil, típico del estilo romántico: bata muy ceñida con corte al medio, del cual parten ligeros frunces, sin hombros, se ajusta por un ancho cinturón de siete centímetros con hebilla; exageradas mangas abullonadas, rellenas y montadas sobre armazón de alambre llamadas gigot que parten del escote y van al puño, donde se estrechan. El complicado peinado de raya al medio se levanta en el costado con dos rodetes en forma de banana, y hacia arriba otros dos rodetes de diez centímetros de alto sostienen el alto peinetón curvado; del peinado se desprenden dos bucles que caen sobre los hombros. El conjunto se complementa con un collar de oro de dos vueltas.

En la misma época, la prensa litográfica de Bacle20 imprime una curiosa litografía del exterior de una pulpería, en una esquina de la ciudad. Donde se ve claramente la forma de vestir de las mujeres de tres clases sociales. Las medias son blancas y los escarpines sin talón nos hablan de una influencia árabe que a través de España pasaba al Río de la Plata. Dentro del almacén, una mujer morena lleva un vestido rosado con un rebozo sobre la espalda y cruzado hacia adelante, nada en la cabeza, aunque, como sabemos, peinetas y peinetones eran usados por todas las clases sociales y escarpines en los pies. Conversando en la calle vemos a una posible mendiga, con falda colorada con remiendos, rebozo amarillo desflecado y remendado y un pañuelo en la cabeza que le cubre el pelo tomado atrás. La nota curiosa es que la mujer no está descalza, como podríamos prever, sino que lleva los mismos escarpines. En cuanto al nuevo estilo, usado a partir de 1830, D’ Orbigny nos dice: “Ya no hay mantillas, ni antiguas burguesías andaluzas; en el día el cuerpo a lo María Estuardo, vestida de raso color rosa, guarnecido de flores, mangas henchidas en gigots, collar y el inseparable abanico”. Las porteñas de esta época se paseaban por las angostas y sucias calles con vestidos muy complejos y recargados. Si bien la ropa de trabajo de las clases bajas y medias y la ropa de abrigo era bastante funcional, la ropa para las actividades sociales se volvía complicada y poco práctica.

Aunque coquetas, las mujeres rioplatenses han mostrado escaso interés en legislar sobre moda. Sin embargo, adoptan inmediatamente los grandes peinetones, obra del talento y visionario sentido de la comercialización de un astuto hombre español. La licenciada Susana Speroni de Uslenghi, directora del Museo de la Historia del Traje, dice acerca de la historia del peinetón en el Rio de la Plata: “En el Río de la Plata, entre 1832 y 1836, tiene lugar una aparición importante desde el punto de vista de la historia de la moda, relativa al tocado, o sea a la forma de aderezar el peinado. Heredera de España, se usaba desde tiempo atrás la peineta española, lisa o bien en forma de teja, realizada en carey y en menor escala en asta de vacuno o de hueso; en general presentaba algunos adornos, pero no era de gran tamaño, también se usaba la pequeña peineta de origen francés. Sin embargo, se le debe a Manuel Mateo Masculino, un comerciante español, la creación de un gran peinetón que, aunque heredero del español, resultaba por su tamaño totalmente original. Esa sustancia se usa como vidrio, por su resistencia probada, en los buques de guerra. Trasladado a América en busca de fortuna, se instala en Montevideo, funda una fábrica de peines y peinetas en hueso, marfil y carey. Viudo, llega a Buenos Aires en 1823, compra un predio en la calle Venezuela entre Chacabuco y Perú y coloca un gran taller. Allí, les da trabajo a 120 operarios, a los cuales les enseña el oficio; luego, tiene las tiendas donde comercia sus productos, manteniendo también su taller de Montevideo. “Aparte del taller, este señor, que era un gran dibujante y diseñador, basándose en lo que había visto en España, comienza a dibujar y a diseñar peinetones diferentes y paulatinamente un poco más grandes. Utilizaba como modelo a su segunda mujer, una bonita andaluza, cuando iba a la misa mayor para mostrar a las porteñas sus magníficos trabajos en carey, que moldeaba y calaba en cincelados y recortados, con herramientas especialmente creadas.  Cuando las obras estaban terminadas, mostrando una gran astucia comercial, las guardaba en grandes cajas de latón a manera de estuches, y no las exhibía: las clientas debían rogarle bastante para que mostrara el trabajo. Por supuesto, cuanto más grandes y más frágiles, más carey se empleaba y más caras resultaban.