Los géneros para el vestido de novia 

Los géneros para el vestido de novia son el lamé plateado, el terciopelo, la masculina de seda, los crepes y los satenes, enriquecidos por encajes finísimos y caídas de perlas verdaderas. Los cinturones pueden ser de flores de azahar y otras flores chiquitas y tornan sólo la parte de atrás de una a otra cadera, dejando libre la línea delantera. También sabemos a través de una nota aparecida en una revista de la época que un vestido de novia de terciopelo chiffon color marfil, de cuerpo entallado, mangas largas y ceñido cinturón drapeado de un lado, puede transformarse en un elegantísimo vestido de fiesta sacándole la cola y las mangas de encaje y cosiendo en lugar del ramo de azahares, otra flor cualquiera.

Los vestidos de novia se completaban con una diadema de perlas, colocada recta sobre las cejas, que sostenía un velo que en las grandes familias era de encaje antiguo, aunque podemos leer en otra revista que, si bien los velos de encaje auténtico cran muy apreciados, el velo de tul liso es el que mejor sienta sobre cl “vestido blanco”. Encontramos las audacias en los vestidos de tarde en Buenos Aires, en general sólo en las propagandas y en algunos círculos muy cerrados. Mientras tanto en Mar del Plata, las mujeres pasean por la rambla, luciendo profundos cloches encasquetadas, zapatos tipo “Guillermina”, con una tira que cierra el empeine, tal vez comprados en la casa Palma de Corrientes 838 que vendía en 1926 modelos en cabritilla marrón o guinda, gamuza gris y cabritilla charolada, siempre combinados, con tiras contrastantes que podían ser en algunos casos de cocodrilo.

Pero si lo que queremos saber, en cambio, es cómo se vestían las mujeres que compraban en el Mercado de Abasto, aquella zona delicada especialmente por Enrique González Tuñón como “calles con olor a mercado, sucias de verdura, y también ricas de cafetines neblinosos, donde los puesteros y algunos muchachos, clientes sempitemos que beben un pocillo de café, asisten al descarte de las horas”, las encontraremos siempre con su canasta colgada del brazo; las de menor condición social vistiendo trajes claros a media pierna, cinturón bajo del mismo género, escote redondo y mangas cortas pegadas con ribetes negros en los bordes, zapatos negros de tira a un lado, peinado lacio y sumamente corto. Algunas otras, los vestidos debajo de la rodilla, de géneros estampados en rombos blancos y negros, medias blancas y enrulado pelo corto. Como ropa interior, largas fajas sin ballenas confeccionadas en tricot elástico que terminaban en cuatro ligas de seda. Uno de los modelos más comunes, “Aurelia”, que se colocaba sobre una corta enagua entera, podía comprarse por $30 en la casa “Izquierdo” de Carlos Pellegrini 490.

Las fajas podían estar unidas o no al corpiño que, si bien existía desde la antigüedad, comenzó a usarse como prenda independiente de los corsés en 1920. La necesidad de usar fajas se acentuó más en esta época porque la mayoría de los diseños de moda, tanto en los trajes de noche como en los de calle, valorizaban el atractivo y la sensualidad femeninos. Tal vez encontremos un buen ejemplo en el ceñido traje de lanilla negra de la casa Paquin de París que perteneció a Elena Peña Unzué de Alzaga Unzué, con aplicaciones de piel de armiño en el cuello y acompañando la terminación en ondas del saco. Encontramos otros ejemplos en los audaces piyamas de estilo chino que ponían en vigencia los pantalones, que habían sido estrenados en París por primera vez en marzo de 1913 por las mannequins de la casa Margaine Lacroix en el Bois de Boulogne.

Las aplicaciones de pieles, los géneros livianos, los bordados en paillettes y mostacillas, así como las líneas de los vestidos muy adherentes al cuerpo, acompañaban siempre el peinado muy corto, a la garzón, nombre tomado de la heroína de la novela de Victor Margueritte que provocó tal escándalo al editarse que el autor terminó en la Legión Extranjera. Ni cintas, ni flores, ni pájaros lo adornan, sólo una cloche profundamente encasquetada hasta los ojos. Los vestidos de noche, cortos y de una sola pieza cubiertos de paillettes o lentejuelas y perlas son como una túnica sin talle, abierta en el cuello y brazos, que termina en las rodillas. Con estos conjuntos las mujeres que habían abandonado los valses y mazurcas de la Belle Époque, bailan el charleston y el blackbottom, mientras la trompeta de Louis Armstrong y el piano de Duke Ellington inician ritmos más provocativos. Surge Josephine Baker; en Buenos Aires el impacto de su magnetismo es tan grande que las mujeres, al querer imitar el color de su piel, contrastan los zapatos muy blancos con medias hechas de “pura flor de seda natural” color marrón chocolate.

En cuanto a las alhajas, leemos en una nota del 20 de marzo de 1926 en Caras y Caretas: “Después de muchos años vuelve a estar en uso el reloj pendantif. Algunas de nuestras señoras, que están siempre enteradas de las últimas novedades que la voluble diosa prescribe, ya han comenzado a usarlo. Nuestras abuelas y nuestras madres han de estar encantadas con esta resurrección que hará exhumar de sus cofres el diminuto reloj con chispitas de diamantes o de otras piedras preciosas, que lucirán después pendiente del cuello por una cinta de terciopelo o de seda”. Se usan también las pulseras de eslabones y las perlas, dispuestas en collares y en pendientes largos adornados con zafiros.