Producción textil y moda argentina

En la Argentina, hacia fines del siglo, el desarrollo de la productividad chocaba con los intereses de los europeos, necesitados de mayores mercados. En general, la historia de nuestra industria textil que representa la avanzada de la industria moderna ha sido una historia de grandes luchas de intereses entre industriales extranjeros y argentinos, así como también entre diferentes sectores sociales, como el de los ganaderos del litoral, ligado fuertemente a la agro exportación y el germen de una burguesía industrial que habitaba en el interior. Hasta entonces la industria textil argentina se caracterizaba por tejidos confeccionados con hilados importados, para las clases de menores ingresos. Hacia 1872 abre sus puertas la Primera Fábrica Argentina de Paños, dedicada a la transformación de la materia prima más abundante en la pampa: la lana. En 1879 se instalan en Buenos Aires nuevas fábricas de paños, camisas, sombreros bolsas y tejidos.

Lentamente se afianza el industrialismo, por la confluencia de una serie de factores, tales como las tarifas proteccionistas dadas por el Congreso en 1876, la creciente mecanización y el perfeccionamiento de métodos productivos, una mayor organización de los fabricantes y un agrandamiento del mercado interno debido a un mejoramiento en el nivel de vida. La industria textil empieza a tomar impulso de modo tal que hacia 1908 ya son ochenta y seis los establecimientos fabriles. Juntamente con las fábricas se desarrolla un nuevo régimen económico desconocido hasta entonces: retribuir el trabajo con el pago de un salario. Aunque la aparición de los asalariados nos indica el comienzo del capitalismo, en nuestro país se nota un gran retraso con respecto a lo que ocurría en Europa. Los fabricantes de los primeros tiempos todavía continuaban con la costumbre de dar alojamiento y comida a cambio de trabajo.

El afianzamiento de la industria textil, sumado a la simplificación de las formas y diseños, incidía también en la manera de comercializar la moda, al ponerse en práctica el invento que el tendero Pierre Parisot había hecho en Francia en 1824: los trajes de confección. Podemos poner como ejemplo la fábrica de vestidos y tapados al por mayor, que Ángel Braceras instala en 1908, de la cual salían de 900 a 1.000 trajes de hombre y mujer por día, confeccionados por 600 obreros estables y 2.000 que hacían el trabajo en su casa. La fábrica de Cevallos 351 tenía dos negocios de venta directa al público, uno en Victoria y Chacabuco y otro en Florida, que nos hablan de su importancia. Los comentarios de un marido, recogidos por un diario de la época, nos revelan el lugar que los porteños daban a la moda como herramienta de reconocimiento y ascenso social: “Harto se sabe, por desgracia, que, entre nosotros, el relativo a los vestidos de la mujer es uno de los rubros principales del presupuesto del cualquier hogar de clase media. La cuenta de la modista suele ser una pesadilla a aquellos maridos que, sin tener considerable asignación mensual, tienen que mantenerse dentro de un cierto rango social. La casa Braceras vino a solucionar el problema… nadie diría que proceden de un taller donde no se han tomado las medidas”.

Si pensamos que existe una relación casi proporcional entre las vestimentas femeninas y masculinas y la condición social de la mujer (a mayor diferenciación, menor es la libertad de elección de la que se dispone) no nos debe extrañar el proceso de masculinización de las ropas femeninas antes de la Primera Guerra Mundial, período en que se gestó la profunda transformación en la condición social de la mujer. Sin embargo, la masculinización no era total: los grandes y exagerados sombreros, las sombrillas y vestidos de baile, las boas de avestruz, las riquísimas enaguas adornadas de puntillas bajo los austeros trajes sastre, le recordaban a la mujer que, si bien la era victoriana había terminado en 1901 todavía debía recorrer un largo camino hasta la simplicidad y comodidad imprescindible para poder desempeñar los nuevos roles que la sociedad le había asignado. Este período podría comenzar en Sarajevo, un día de principios del verano europeo, cuando a las once de la mañana es asesinado el archiduque Francisco Fernando, y siete países comienzan la Primera Guerra Mundial.

En Buenos Aires, a la influencia externa de la guerra europea se suma el clima de las elecciones presidenciales de 1916, que por primera vez se hacían bajo la ley Sáenz Peña, resultando electo Hipólito Yrigoyen. Pocas veces Buenos Aires había ofrecido un aspecto tan animado, los edificios embanderados y miles de turistas que recorrían las calles se disponían a festejar el Centenario de la Independencia, aunque la guerra europea y la agitada situación política del país no le dio a este festejo la dimensión que tuvo el Centenario de 1910, apoyado en el florecimiento de los negocios y la situación de prosperidad, inseparablemente unida al proceso inmigratorio.