
Lo que lleva a tal cantidad de personas a convertirse en fieles seguidoras de la moda no es tanto la posibilidad de vivir el temido cambio como algo necesario, esperado y positivo, ni tampoco la capacidad de confraternizar con el tiempo ordenando tendencias en ciclos; lo que realmente confiere a la moda su absoluto poder es la posibilidad que da a una persona de ser muchos seres en un solo ser, multiplicándose en infinitos espejos, pero sin dejar de lado la propia identidad, demostrando lo que cada uno es y sueña ser. La posibilidad de reflejarse en múltiples seres se transforma en una especie de juego, principio esencial de muchas de las conductas humanas, porque al liberar gran cantidad de energía interna activa todas las instancias vitales. Este juego, que podría llamarse el poder de ser otro o el juego de las máscaras, permite que el núcleo original y creativo de cada persona se exprese libremente. Aunque sabemos que sólo pueden jugar los hombres libres, ya que los demás imitan, haciendo propio sin ningún tipo de elaboración aquello que necesitan, proponemos utilizar este cotidiano juego, que abarca a todos los miembros de la sociedad (tanto las mendigas como las actrices de cine se cubren o descubren con ropa), para acercarse al conocimiento de lo que cada uno es y lo que quiere ser, comunicándose no sólo consigo mismo sino con los demás.
La falta de creación e imaginación es un fenómeno mundial que se va acentuando junto a la masificación, que sirve de base al desarrollo industrial, a la democratización de la vestimenta y al hecho cada vez más evidente del aumento anual y sostenido de la cantidad de personas que ingresan al engranaje económico de la moda. Tal vez el único camino que encuentre la mujer para rescatar la creatividad y la imaginación sea oponer la individualidad a lo masivamente impuesto. Lo puede lograr utilizando la ropa como herramienta, ya que ésta es el elemento más a mano con que cuentan las personas de todas las clases sociales. Es decir, a los tradicionales usos que se le dio a la ropa según las épocas históricas para cubrirse de las inclemencias del tiempo, para demostrar poder, para organizar las jerarquías sociales, como signo de comunicación, para distinguirse o integrarse al grupo, para adornarse y competir debemos agregar su uso como una poderosa herramienta de exploración para saber cómo somos y cómo queremos ser.
¿De qué manera se emplea esta mágica herramienta?
A la manera de los antiguos brujos y hechiceros de los pueblos primitivos. Éstos se valían de plumas de exóticas aves, guijarros de colores y pieles de animales salvajes para cubrirse el cuerpo; maceraban además pétalos de flores, frutos maduros y raíces de arbustos para obtener los colores necesarios para pintarse; así se convirtieron en los primeros costureros y maquilladores de la historia, capaces, por medio de sus artificios, de enfrentar a un ser con su más profunda realidad.
¿Por qué darle el nombre de “juego de máscaras” a la posibilidad de utilizar la moda como una poderosa herramienta de conocimiento personal? Porque de esa manera consideramos a los vestidos no solamente como máscaras protectoras sino, al mismo tiempo, como desveladoras del verdadero yo, pues permiten la transformación y la búsqueda de cada uno, sacando al exterior las corrientes más ocultas del espíritu. Una mujer que elige ropa frente al espejo tiene la excitante posibilidad de representar diferentes papeles. Según las formas de vestir que adopte, descubre que puede ser audaz, ingenua, romántica, sexy o clásica. También puede representar el papel de la anti moda, negándose a seguirla y creyendo estar al margen, pero lo atrayente de este juego es que sus reglas también la incluyen.
Los vestidos como las máscaras permiten jugar al cambio de identidad, sin que esto signifique desproteger lo individual, ya que la posibilidad del juego brinda seguridad y protección además de permitir el cambio. Por su calidad de “juego”, el cambio no resulta irreversible, ya que se sabe que en cualquier momento se puede volver al punto de partida, aunque no todo vuelva a ser igual.
Es semejante al uso ancestral de las máscaras, que ha cautivado a todas las civilizaciones, y que se manifestó hasta hace pocos años en el ritual anual de alterar la personalidad a través de un antifaz, atreviéndose a adoptar tras él formas distintas de la habitual y haciendo surgir facetas a veces tan ocultas y escondidas como para que las personas se desconozcan a sí mismas o, lo que es peor, reconozcan que aflora lo que siempre se empeñaron en ocultar. A través de ello no carece de certeza la afirmación de André Malraux que expresó que la verdad de un hombre es ante todo lo que oculta.
En la raíz de todo este “juego del ser” se encuentra la recuperación de un equilibrio espiritual que resulta de dejar aflorar los aspectos más íntimos y sumergidos de cada persona, lo que antaño se llevaba a cabo en el ritual anual del carnaval y actualmente se cumple en el ritual cotidiano de elegir un vestido máscara. La mayoría de las veces este vestido máscara cumple su misión por la gran dependencia que tienen las personas hacia las cosas que pueden ver, oír y tocar. Muchas veces esta dependencia de lo que se puede percibir con los sentidos está justificada; sin embargo, frecuentemente las apariencias son mera ilusión, lo que determina que se considere a la moda como frívola y superficial.
