
Durante este largo período de 45 años, tuvo lugar un profundo proceso de cambio: la demolición de los últimos vestigios de la “gran aldea” hacia una sociedad rioplatense de mayor complejidad, lo que fue empujado sin duda alguna por el fenómeno inmigratorio y sus consecuencias. En el comienzo de esta etapa, el censo realizado en 1869 contaba 1.836.590 habitantes; en 1914, el número había crecido a 7.885.237. A este considerable crecimiento de la población, es necesario sumarle un aumento de casi diez veces del intercambio comercial, lo que provocó, además, un efectivo incremento de la renta nacional. Además, el ingreso per cápita, que en 1870 era de $7,8, en 1910 era de $19,7 oro. Julián Martel lo deja entrever a través de uno de los personajes de La Bolsa: “El dinero abunda hoy que es un gusto, tanto que la gente no busca sino ocasión de gastarlo” Y la ocasión de gastarlo se encontraba en las excesivamente iluminadas vidrieras de las calles de Buenos Aires, iluminación pagada por el mismo comercio, que demostraba de esa manera su importancia; se destacaba en especial la espléndida iluminación de la calle Florida, inaugurada en 1888.
Sin embargo, esta etapa tan brillante y especial comenzó de manera muy diferente: la fiebre amarilla había asolado la ciudad. Deambulaban por las calles de Buenos Aires las figuras de numerosas mujeres vestidas de luto. Aunque en julio de 1871 la epidemia había cedido, la población de Buenos Aires se vio diezmada: de 200.000 habitantes quedaron alrededor de 60.000 sobrevivientes. El viajero Henry Armaignac relata al respecto: “como prueba palpable de la temible crisis, era curioso ver la enorme cantidad de personas que andaban vestidas de luto por la calle o en las reuniones”. El tiempo del uso obligatorio del luto era tan extenso que incluía necesariamente a los trajes de novia, de negro opaco y riguroso en caso de la muerte cercana de un familiar. A medida que la ceremonia de la casa miento se alejaba de la fecha, el luto en el traje de novia era atenuado con adornos de azahares, tanto en el vestido como en el tocado, al que se le agregaba un largo tul blanco. Esta moda se extendió hasta después de la Primera Guerra Mundial, aunque unos pocos años antes solo se llevaba en el traje del casamiento civil.
¿Qué modas se mostraban entonces? El estilo en general, después de hacer un gran cambio alrededor de 1870, se mantiene bastante estable durante todo el período hasta la Primera Guerra Mundial. Solo se presentan modificaciones que no alteran la línea básica, manteniéndose las formas anchas con una importante sobrecarga de adornos y una gran variedad de tejidos diferentes. Los importantes vestidos, apoyados sobre amplios miriñaques, que habían estado de moda en París hasta 1865 y que llevaban hasta 14 metros de género en su hechura, cambiaron por completo. Desaparecidos los miriñaques, el vuelo se lleva hacia atrás y, para darle más gracia al conjunto, se le coloca el “polisón”, un ahuecador confeccionado con ballenas, independiente del vestido, por lo general. También reaparece la “polonesa”, vestido de encima que “separa por delante la falda de abajo y forma hacia atrás una cola más o menos larga, orillada con volantes plisados, bandas de encaje plegados o pasamanería”. Este estilo tan cargado y poco práctico, al que se le llamaba “tapicero” por la acumulación de tejidos, desapareció en 1890, cuando empieza a perfilarse el nuevo tipo de vida, más ágil y dinámico. El inglés Redfems, atento a estos nuevos aires, introduce hacia 1887 el traje sastre. En la colección de fotos que el arquitecto José María Peña, director de estilo más usado en el Río de la Plata: es un vestido encintado en raso.
La bata, sumamente entallada, se abotona por delante, y presenta una pechera en forma de peto redondeado ribeteado en raso, terminada en dos picos que se apoyan sobre la sobrefalda. Esta recoge el vuelo hacia atrás, quedando como un delantal que termina en pequeño festón. La falda termina a 40 cm del suelo, en un ruche de raso, desde donde parten hacia el ruedo profundas tablas de 30 cm de alto, que esconden completamente el pie. Las mangas muy angostas se abren en los puños en forma de pétalos forrados en blanco. El vestido se lleva sobre una blusa que cierra el cuello con un moño. El peinado recogido como se usaba en esa época (el álbum de fotos abarca la década 18701880), forma pequeños rulos en la frente. El conjunto se completa con una larga cadena con reloj de oro que se engancha en la cintura y aros pendientes muy largos. Esta moda de pendientes muy largos ya se había usado durante toda la década de 1860, de modo tal que en una crónica aparecida en el Correo del Domingo del 8 de enero de 1865 dice: “La elegancia consiste ahora en imitar a las hijas del desierto, que a fe que no se ciñen a los figurines de París, ellas (las indias pampas) siempre llevan pendientes grandes”.
