Estilos característicos de 1891

Hacia 1891, las formas se modificaron, la falda se angostó más y las mangas volvieron a llevarse abombadas o en forma de globo, como en 1830; sobre esas inmensas mangas los abrigos solo podían consistir en esclavinas o pequeñas capas. Encontramos el origen del corsé, que caracteriza a toda esta época, en el romanticismo de la década 1830-1840, pero solo en 1870 da su sello característico posibilitando el “talle avispa”, ideal de belleza femenino hasta 1910, cuando desaparece, sepultado por la moda de la vida al aire libre que impulsaba a deportes y a ejercicios físicos. Estas invenciones no siempre son razonables ni oportunas, pero las leyes de la moda son las únicas que se ven obedecidas en nuestro país “Francia y aun creo que en realidad no hay otras leyes”. En la Inglaterra victoriana, la tasa de fertilidad de clase alta descendió bruscamente durante el reinado del corsé, manteniéndose estable en las clases bajas que, por supuesto, no lo usaban. El vestido, al acercarse más a un camisón que al ideal estético de entonces, le hacía recordar a la mujer que su función era producir, no mostrarse. Aunque, a diferencia de sus pares inglesas, y demostrando una vez más la peculiar organización social de Buenos Aires, salían de la fábrica luciendo ceñidísimos corsés; que por otro lado se detectaban hasta en los más alejados ranchos de la campiña bonaerense. A partir de este tramo de la historia la mujer ya no podrá “darse el lujo de mantenerse ociosa”, terminará para ella la primacía de la función de agradar, empujada por los acontecimientos históricos de los movimientos feministas, el impacto de la Primera Guerra Mundial y la sensibilidad crea dora de Paul Poiret, Madeleine Vionnet y Coco Chanel, que la “descorsetaron”, liberándola de restricciones incómodas.

Hacia 1892, el polisón, que había revolucionado la moda en 1866 desapareciendo en 1880 para reaparecer cinco años más tarde se eclipsó, llevándose con él los drapeados de las faldas. Las faldas, cortadas en muchos paños y forradas en batista y entretela, se ajustaban en las caderas y se abrían en forma de campana, terminando en una cola, también usada durante el día. Inseparable de esa falda fue el gesto característico de las mujeres de fin de siglo. A partir de 1890, comienzan a ocupar un lugar de privilegio las blusas de género de lencería que, si bien habían aparecido en 1880, se usan ahora con cuellos subidos y mangas abullonadas, caracterizando el estilo de fin del siglo XIX y principios del siglo XX, junto a las faldas campana y las botitas cerradas con botones a un costado. En una foto de la colección del Museo de la Ciudad, vemos a una mujer con su falda oscura en forma de campana terminada en el ruedo con cintas de terciopelo negro. La blusa de lencería que la acompaña tiene un jabot formando volados en encaje blanco, detalle que se repite en la terminación de las mangas. El peinado que completa el conjunto es un flojo rodete levantado. Hacia 1903 y 1904, el gran couturier anuncia a la mujer que el reinado del corsé llegaba a su fin; sin embargo, recién en 1910 consigue cambiar la silueta femenina, presentando una moda que pone de relieve la naturalidad del cuerpo femenino inspirado por la bailarina americana Isadora Duncan.

Durante esta época, las mujeres en Europa comenzaron a mostrar una necesidad cada vez mayor de libertad en sus movimientos; sin embargo. Hacia 1910 todavía la moda tanto masculina como femenina se regía por un verdadero programa de convenciones de vestimenta para cada ocasión, dictadas, para los hombres, en Gran Bretaña, y para las mujeres, en París. Estas reglamentadas costumbres, que exigían diversidad de texturas, colores y diseños, eran consecuencia, sin ninguna duda, del incipiente esfuerzo y desarrollo de la industria textil. Para descubrir las características más salientes de la ropa masculina de la época, resulta útil guiarse por las publicidades que muestran que, en general, desde comienzos del siglo hasta 1950 aproximadamente, las modas masculinas se mantuvieron bastante uniformes, sin grandes cambios en cuanto a su diseño. Hacia 1910, la tradicional casa masculina James Smart fundada por el escocés James Smart en 1888 y que funcionaba en la calle Florida, esquina Bartolomé Mitre publicitaba una elegante. El saco, ligeramente entallado, dejaba ver un chaleco de cinco botones, ribeteado con trencilla oscura. Las corbatas eran angostas y cortas; se llevaban guantes, bastón de caña y el infaltable sombrero. Si nos guiamos, en cambio, por el catálogo ilustrado que editó para el Centenario la casa de Victoria y Chacabuco, “Al Palacio de Cristal”, fundada en 1883 por González Barrios, vemos otro tipo de atuendos. Los trajes, que ya se usaban más entallados, podían ser lisos o a cuadros, y algunos de sacos lisos derechos o cruzados mostraban pantalones el pliegue marcado con la plancha a partir de 1895 en casimir rayado o diagonal. Las camisas, rayadas por lo general, que acompañaban estos trajes, llevaban el habitual cuello palomita o fleche, cuello que había aparecido en Francia hacia 1905. Para la noche, el frac para casamientos, recepciones oficiales y teatro (el Colón se había inaugurado en 1908) con chaleco blanco de seda o piqué y pantalón del mismo paño, de anchas franjas a los costados; la corbata era un lazo blanco de hilo o seda y los zapatos, de charol, con botones y caña de paño o cabritilla; los guantes, blancos. El jacquet se usaba con camisa de pajarita y corbata de lazo negro o blanco, acompañado por chaleco negro o gris de hilo o seda y guantes de piel gris. El esmoquin clásico, en cambio prenda que había hecho su aparición en 1886, cuando el hijo del magnate tabacalero G. Louillard se presentó en un baile de un club cercano a Nueva York, luciendo las colas de su frac cortadas, ya se publicitaba en Buenos Aires, confeccionado en casimir negro con chaleco blanco o negro y lazo negro como corbata.