Los impuestos en los comercios de la moda de los años 30

En cuanto a los nuevos impuestos que se crearon, si bien en 1891 había una Administración de Impuestos Internos que regulaba la totalidad de los impuestos en el país, es sólo el 20 de enero de 1932 cuando se crea la Dirección del Impuesto sobre las Rentas, aplicando un impuesto de carácter social (porque no se gravaba el capital sino las ganancias) que después de algunas modificaciones comenzó a funcionar en 1933. El Director del Museo de la Dirección General Impositiva, doctor Rodolfo Fuertes, explica: “El impuesto sobre las rentas implica un profundo cambio en las costumbres y hábitos de los comerciantes de Buenos Aires, porque, aunque hasta 1932 existía un código de comercio que los obligaba a llevar un inventario, un diario y un copiador de cartas, en la práctica el comerciante de modas tenía una total libertad, amparado en una política de total apertura a las importaciones. Cuando aparece este impuesto que obligaba a los comerciantes a llevar además un libro de facturas que debía estar respaldado por las boletas, generó como todo cambio una gran reacción, porque hasta ese momento nadie estaba acostumbrado a rendir cuentas.”

Sin embargo, este impuesto no llegó a tener influencia en los precios de la alta costura. Los trajes de alta costura tenían un costo que se repartía en la totalidad del ejercicio anual, al no estar gravadas las prendas por unidad. Pensamos que su influencia debe de haber sido más visible en las confecciones seriadas, aunque resulta difícil asegurarlo ya que el archivo de la DGI carece de datos por sector. Las ganancias de las casas de modas con los trajes de alta costura, cuyo precio de venta variaba desde $180 a $300 eran muy elevadas, sin embargo, la desmesura entre los costos de producción y los precios de venta se debía a la costumbre generalizada de pagar las cuentas, como mínimo cada seis meses, aunque la mayoría de las veces sólo se pagaba al cobro de la cosecha anual. En general, a las casas de modas les convenía e incluso incentivaban este tipo de pago, porque en una economía estable agregaban su importante porcentaje, asegurando las ventas que llegaban a ser de hasta doscientos trajes anuales por clienta.

Para cubrir esta demanda, las casas de alta costura disponían de grandes talleres con ciento cincuenta a doscientos cincuenta operarios, que se repartían el trabajo en 40 mesas por taller. La cortadora oficial, también llamada “la primera del taller”, generalmente cortaba, probaba y coordinaba el trabajo de todas las mesas. Cada mesa contaba con su “primera de mesa” (que armaba el vestido que se debía confeccionar en el maniquí) para luego entregarlo a una o dos oficialas quienes repartían el trabajo a las medio oficialas que, a su vez, tenían ayudantes que hacían dobladillos y ojales. Por último, estaban las aprendizas (adelantadas y recientes), que hacían los trabajos menores y aprendían el oficio sin cobrar. En cada mesa podían sentarse hasta siete operarias de distinto rango y con distinta paga. Cada empleada discutía su sueldo que por supuesto no era uniforme en una época sin leyes de protección social. Los sueldos que se pagaban semanalmente variaban desde los $5 a $7 por día de una primera de mesa, hasta los $2,50 que cobraba una aprendiza adelantada; además, si el trabajo estaba bien hecho, se aumentaban cinco centavos por día. La hechura de un vestido podía costar $26, el precio se duplicaba con el costo del género, al que se agregaba el costo de los bordados y otros accesorios, y el medio por ciento a la vendedora.

En ese entonces el tiempo natural que mediaba entre el lanzamiento de la nueva moda en París y su difusión en la Argentina era, para los vestidos de un año y para los sombreros de sólo tres meses. Las dueñas y encargadas principales de las casas de alta costura partían en barco, todas juntas, el 6 de enero; luego de una travesía de veinte días llegaban a Francia para ver las colecciones y comprar las toiles, volviendo el 19 de marzo. El 15 de julio volvían a viajar, dándoles a sus empleadas vacaciones obligadas (porque no recibían sueldo) durante los meses de julio y agosto. El 15 de septiembre se reabrían los talleres para confeccionar rápidamente el material traído. Durante la década del 30 se notó un gran avance en la industria textil nacional que impulsó, al haber un mayor consumo interno, el mercado de producción de algodón. Dice Guido Di Tella en Los ciclos económicos: “La industria en conjunto avanzó a consecuencia de la desvalorización de la moneda, el control de cambios y la incidencia de la política oficial”.

Si nos guiamos por las cifras, podemos ver que la producción de la industria textil trepó de un 26% en 1933 a un 41%en 1937. En su mayor parte las industrias que se expandieron fueron las de sustitución de las importaciones: es así como la industria textil, que hasta ese momento usaba casi todas las materias primas importadas, llega en 1937 a invertir la proporción, utilizando un 58,6% de materias primas nacionales y un 41,4% de extranjeras. Sin embargo, estos resultados no fueron consecuencia de un apoyo directo del gobierno a la industria local, saboteada después de la firma del tratado Roca Runciman, sino más bien por causas que se encontraban fuera del país, incluyendo cierta incertidumbre que se sentía en Europa por la situación política.