El apogeo de los diseñadores

Hoy día los diseñadores de primera línea son auténticas celebridades que cuentan con legiones de leales seguidores. Para mantenerse en el candelero de los medios de comunicación se valen de herramientas diversas: desfiles de moda concebidos para impactar, glamorosos reportajes en revistas y otros tipos de interesantes a la par que oscuras intervenciones. Mediante una autopromoción continua, algunos diseñadores se han convertido en marcas, lo que les brinda una potente plataforma para situar sus creaciones en la vanguardia de la cultura moderna. La figura del diseñador de moda actual surge de unos inicios humildes, que coinciden con el nacimiento de la alta costura. Charles Frederick Worth, el padre de la alta costura, nació en 1825 en Lincolnshire, Reino Unido. Trabajó en almacenes textiles en Londres y París, donde se familiarizó con las técnicas de venta y con los tejidos, que aprendió a seleccionar y manipular de forma personalizada, en función del cliente. Worth montó su propio negocio de costura en 1858, en París. Su famoso Salón se convirtió en un paraíso de creatividad y exclusividad. Los clientes, fuera cual fuera su posición social, tenían que pedir cita previa. Una vez allí, se les mostraban los últimos modelos disponibles. El cliente elegía y el modelo se reproducía con sus medidas exactas. Esta forma de atención personalizada y trabajo a medida, a partir del trato directo entre creador y cliente, difundió el concepto de exclusividad; primero en Europa y luego en el próspero mercado estadounidense. En su momento de máximo apogeo, el Salón contaba con un equipo de mil doscientas personas, compuesto por patronistas, costureros, bordadores (a mano y a máquina), modelos y vendedores. Esta original manera de presentar la moda promovió una estética y una visión determinadas que lo hicieron pasar de sastre a creador de moda. Siguiendo su estela se abrieron varias casas de costura y nació una nueva industria. En 1868 Worth fundó la Chambre Syndicale de la Couture Parisienne para regular los estándares, la calidad y la forma de trabajar de las casas de costura. Hoy la Cámara pervive todavía.

Revolucionarios de la moda del siglo xx

Entre 1900 y 1914 París fue el epicentro de las industrias del lujo, entre ellas la de tejidos, la de joyas y la de moda. Al principio de dicho período, los cambios en la imagen de las mujeres fueron escasos. La silueta eduardianas la S de cintura diminuta) era inalcanzable sin un corsé que la comprimiera, lo que hundía la pelvis y proyectaba el pecho hacia arriba y hacia delante. Las prendas lucían un estilo suntuoso y elaborado: se utilizaban encajes, brocados y bordados recargados, sedas, lazos y ribetes de rosas.

El inconformista Paul Poiret (1879-1944) se saltó las reglas comúnmente aceptadas y sacudió los estándares de la moda. Los artistas de vanguardia, como Picasso, fueron su fuente de inspiración. El artista gozó de un sensacional ascenso a la fama. Gracias a su gran habilidad para hacerse publicidad a sí mismo, se autoerigió en el hombre que liberó a las mujeres del corsé. En 1908 protagonizó la mayor ruptura con las convenciones en vigor: lanzó la línea Directora, compuesta por faldas rectas desde la cintura hasta los tobillos, con la cinturilla elevada hasta justo por debajo del busto. Aquella posición de la cintura eliminaba la necesidad de usar corsé, que se remplazó por un cinturón ancho. A pesar del mayúsculo impacto que tuvo en la forma de vestir a nivel local, la nueva línea tardó solamente dos años en ser universalmente aceptada. 

Además de ser pintor, escultor, fotógrafo, diseñador de tejidos y de muebles, escenógrafo y diseñador de iluminación, Mariano Fortuny (1871-1949) también fue diseñador de moda. Inventó técnicas especiales para plisar y teñir telas y en 1909 patentó sus diseños los que él llamaba invenciones. Junto con Poiret, Fortuny lideró los avances de la moda a principios del siglo xx, que llevaron las prendas de mujer a un nuevo e inexplorado territorio de libertad y sensualidad.

Pero el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, cambió significativamente el rol de la mujer. Al faltar los hombres llamados a filas en masa, ellas tuvieron que cubrir sus puestos de trabajo. Para ir a las fábricas necesitaban ropa adecuada: los ideales deliberadamente femeninos de la opulenta sociedad del pasado fueron así sustituidos por pantalones y monos oscuros, de un solo color.

En 1915 los diseñadores introdujeron piezas de ropa de diario muy funcionales, inspiradas en los uniformes militares. Los trajes y las americanas, que perfilaban siluetas de cintura entallada, se hicieron un hueco importante en el guardarropa femenino. Los bolsillos, hasta entonces inexistentes, adquirieron una notable presencia y potenciaron así la cualidad funcional del uniforme militar en el que se inspiraban. También se pusieron de moda los zapatos cerrados, las botas y los tiros largos, hasta cuatro o cinco centímetros por encima del tobillo. La diseñadora francesa Gabrielle ‘Coco’ Chanel (1883-1971) adoptó con gracia el nuevo atuendo y le dio su sello personal, caracterizado por el sentido práctico y las líneas simples, Las elaboradísimas creaciones de diseñadores como Worth o Poiret quedaron prácticamente ndiculizadas por el look Chanel, que cambiarla la idea de la moda femenina para siempre.

Coco, inventora del estilo chic pobre, era a un tiempo musa, diseñadora y la encarnación de una actitud vital. Inspirándose en la moda masculina, revolucionó el uso de la camiseta de punto, que hasta entonces era una pieza de ropa interior masculina. En su primera colección, 《La Pauvreté de Luxe», lanzada en 1916, la cintura dejó de ser el centro de atención, tras siglos de protagonismo. En el mundo de Chanel no había lugar para los acolchados y los corsés; los trajes eran básicos, sencillos y casuales. Su implacable sentido de la línea y de las proporciones, así como su obsesión por la perfección, fueron los rasgos distintivos de toda su carrera. Entrar en su mundo significaba animar a las mujeres a tomar sus propias decisiones y a optar por lo que más les conviniera, en lugar de seguir a pies juntillas los dictámenes de la moda. Lo principal era la comodidad y sentir la ropa como una segunda piel.