
Si bien no hay que sobrestimar el papel de la moda en ese proceso parcial de igualación de las apariencias, contribuyó a ello de forma incontestable. Introduciendo novedades de forma continua, legitimando el hecho de tomar ejemplo de los contemporáneos y ya no del pasado, la moda permitió disolver el orden inmutable de la apariencia tradicional y las distinciones intangibles entre los grupos, favoreció audacias y transgresiones diversas, no solamente entre la nobleza sino también entre la burguesía. La moda considerada como instrumento de igualdad de condiciones descompuso el principio de la desigualdad indumentaria, minó los comportamientos y valores tradicionalistas en beneficio de la sed de novedades y del derecho implícito al «buen aspecto» y a las frivolidades. Pero la moda sólo pudo ser un agente de la revolución democrática porque se acompañó fundamentalmente de un doble proceso, de consecuencias incalculables para la historia de nuestras sociedades: por una parte, la ascensión económica de la burguesía, por otra el desarrollo del Estado moderno, que, juntos, proporcionaron una realidad y una legitimidad a los deseos de promoción social de las clases sometidas al trabajo. Paradoja de la moda: la demostración pregonada de los emblemas de la jerarquía ha participado del movimiento de igualación de la apariencia.
La proyección de la moda sólo ha sido en parte mimetismo mecánico, y de forma más profunda debe asimilarse a un mimetismo selectivo y controlado. Aunque las clases burguesas sacaran sus modelos de la nobleza, no la copiaron en todo, no todas las innovaciones frívolas fueron aceptadas, ni siquiera en la corte. En los círculos mundanos no todas las excentricidades se asimilaron, y entre la burguesía los rasgos más caprichosos del atavío suscitaron antes desaprobación que admiración. A principios del siglo XVII existía ya una moda paralela a la de la corte, moda atemperada del «hombre honesto», desprovista de los excesos aristocráticos y conforme a los valores burgueses como la prudencia, la mesura, la utilidad, el aseo y la comodidad. Esa moda «juiciosa», que rechaza las extravagancias de los cortesanos, es el resultado del filtro de los criterios burgueses: retiene de la corte lo que no choca con sus normas de sentido común, de moderación, de razón. El mimetismo de la moda tiene d particular que funciona a diferentes niveles, desde el conformismo más estricto a la adaptación más o menos fiel; del seguimiento ciega a la acomodación reflexionada. Es indiscutible que la moda se diferencia en función de clases y estados, pero aprehenderla en esos únicos términos es dejar escapar una dimensión esencial del fenómeno: el juego de libertad inherente a la moda, las posibilidades de matices y gradaciones, de adaptación o de rechazo de las novedades. Institución que registra las barreras rígidas de la estratificación y de los ideales de clase, la moda es sin embargo una institución en la que se puede ejercer la libertad y la crítica de los individuos.
A pesar del abismo que separa la corte de la ciudad, no pueden oponerse una moda aristocrática en la que triunfa el «individualismo» y una moda burguesa dominada por la sumisión al uso y la colectividad. La moda de la corte no fue ajena al conformismo, mientras que la de la ciudad ponía ya de manifiesto rasgos significativos de la emancipación estética del individuo. Lo más destacable de la moda reside en su estructura relativamente flexible que permite efectos de escala, complejas combinaciones de rechazo y adopción. La moda como sistema resulta inseparable del «individualismo» dicho de otro modo, de la relativa libertad de las personas para rechazar o aceptar las últimas novedades, del principio que permite adherirse o no a los cánones del momento.
Si bien la moda vio desplegarse olas de imitación propagándose de arriba abajo, se caracterizó también por un mimetismo de tipo inédito, mimetismo más estrictamente territorial: la moda de la era aristocrática era una moda nacional. La moda registró el aumento del hecho y el sentimiento nacionales en Europa a partir del final de la Edad Media. No obstante, a pesar del carácter nacional de la moda durante esos casi cinco siglos, con la constitución de la Alta Costura las imitaciones y las influencias se multiplicaron ampliamente y se ejercieron en función del prestigio y la preponderancia de los Estados no en función de una institución especializada como sucederá más adelante. Durante toda esa larga fase de la historia de la moda los artesanos no fueron más que estrictos ejecutantes al servicio de sus clientes, sin poder de iniciativa ni consagración social; exceptuando a los «mercaderes de moda» del siglo XVIII, no consiguieron imponerse como artistas creadores. Hubo liberación de los gustos de los elegantes y afirmación de la personalidad del cliente, pero no del productor artesano: en la era aristocrática el principio de individualidad no consiguió superar ese límite.
