La Alta Costura y el culto moderno de la individualidad

En lo esencial la Alta Costura sustituye la uniformidad del corte por la multiplicidad de los modelos, diversifica y psicológica el vestido, está imbuida por la utopía según la cual cada muer elegante debe vestir de manera singular adaptada a su «tipo, a su propia personalidad: a…la alta costura consiste precisamente en desarrollar la individualidad de cada mujer’ Diversificación de los modelos: el fenómeno exige algo más que la búsqueda de beneficio, requiere la celebración ideológica del principio individualista, la plena y total legitimidad otorgada a la presentación de la propia imagen personalizada, la prioridad de la originalidad sobre la uniformidad. Que las creaciones de la Alta Costura hayan servido como emblemas de clase, que hayan sido adoptadas al unísono, no cambia en nada el hecho de que no haya podido instituirse más que sostenida por la ideología individualista moderna, la cual, reconociendo la unidad social como valor casi absoluto, tuvo como consecuencia el gusto creciente por la originalidad, el inconformismo, la fantasía, la personalidad incomparable, la excentricidad, la exhibición del cuerpo. Solamente en el marco de esa configuración individualista pudo destruirse la lógica anterior de la moda que limitaba la originalidad de los accesorios indumentarios. 

La Alta Costura no es el producto de una evolución natural, no es una simple extensión del orden productivo de las frivolidades; desde el siglo XIV hasta mediados del siglo XVIII, las fantasías estaban, de hecho y de derecho, estrictamente limitadas, con poca tendencia a extenderse, subordinadas a una estructura general del atuendo idéntica para todas las mujeres; incluso más adelante, cuando los adornos alcanzan todo su esplendor, la arquitectura del vestido permanece uniforme. Como desquite, la Alta Costura realizó una completa transformación: la originalidad de conjunto se vuelve imperativa, se impone como una finalidad última a priori, siendo las razones comerciales las únicas en poner freno a la imaginación creadora. Una transformación semejante sólo pudo realizarse mediante una revolución de las representaciones sociales legítimas, la misma que reconoció en el individuo un valor supremo. De este modo, a pesar de su carácter de industria de lujo destinada a hacer ostensible la jerarquía social, la Alta Costura es una organización democrático individualista que adaptó la producción de moda a los ideales del individuo soberano, aunque, como en el caso de las mujeres, continuara siendo inferior en el orden político. Una formación de compromiso entre dos épocas, eso es la Alta Costura. Por un lado, continúa la lógica aristocrática secular de la moda con sus lujosos emblemas, pero, por otro lado, inicia ya una producción moderna, diversificada, conforme a los referentes ideológicos del individualismo democrático.

Los valores de la era individualista contribuyeron de manera determinante a organizar la moda moderna, respecto a ésta desempeñaron el mismo papel que desempeñaron respecto al Estado. En ambos casos hubo, de acuerdo con la igualdad, rechazo de los emblemas majestuosos de la alteridad jerárquica, humana y política; en los dos casos hubo aumento y burocratización del poder, dominio cada vez mayor, cada vez más penetrante, de instancias especializadas sobre la sociedad, mientras que a la vez se invocaban valores emancipadores, como el principio de lo Nuevo o el de la soberanía colectiva. A semejanza del Estado democrático, que encuentra su legitimidad en su homogeneidad con la sociedad que representa y de la que no es más que el estricto ejecutor, el modisto moderno no dejará de recordar su función democrática de instrumento de los deseos colectivos: «La verdad es que yo respondo anticipadamente a vuestras secretas intenciones… yo no soy más que un médium sensible a las reacciones de vuestro gusto y que registra meticulosamente las tendencias de vuestros caprichos.»’ A diferencia de los artistas y de la vanguardia, que proclamaron en voz alta su independencia soberana, la Alta Costura ocultó largo tiempo, de acuerdo con su esencia burocrática, su nuevo poder de legislar sobre la moda en el momento en que, como nunca anteriormente, se desplegaba un poder de iniciativa, de dirección y de imposición estilística.

LA MODA ABIERTA

Tal como se configura ante nuestros ojos, la moda ya no encuentra su modelo en el sistema encarnado por la moda centenaria. Las transformaciones organizativas, sociales y culturales, en marcha desde los años cincuenta y sesena, han sacudido a tal punto el ejercicio anterior que podemos considerar la aparición de un nuevo estadio en la historia de la moda moderna. Precisemos de inmediato: emergencia de un nuevo sistema no supone en modo alguno una ruptura histórica despojada de todo vínculo con el pasado. Amplia continuidad organizativa que, sin embargo, no excluye un no menos amplio redespliegue del sistema. Se han impuesto nuevos enfoques y criterios de creación, ha estallado la anterior configuración jerarquizada y unitaria, la significación social e individual de la moda ha cambiado al tiempo que los gustos y los comportamientos de los sexos: otros tantos aspectos de una reestructuración que, pese a ser crucial, no deja de reinscribir la preminencia secular de lo femenino y rematar la lógica de tres caras de la moda moderna.