
A finales del siglo XVIII, Europa occidental importó por primera vez el chal de cachemira, y a principios del XIX se convirtió en una prenda popular gracias a su originalidad, exotismo y uso práctico. El chal de cachemira procede de la región del mismo nombre, en el noroeste de la India, donde el pelo corto de la cabra de montaña se hilaba a mano y después se tejía para producir la lana. Se trata de una tela ligera y suave, con un brillo sedoso. De entre todos los tejidos de lana de la época éste era el de mayor calidad. Era la tela más codiciada por las mujeres del siglo XIX, un hecho frecuentemente satirizado en las novelas de Balzac. La gran demanda de esta prenda dio origen a una potente industria en Francia e Inglaterra; sin embargo, existen documentos que indican que hasta la década de 1840 los chales de más calidad eran los que se producían en Lyon. En Paisley, Escocia, se hacían imitaciones más sencillas.
Durante el Segundo Imperio (1852-I870), los vestidos con miriñaque adquirieron tanto volumen que resultaba imposible ponerse un abrigo encima, por lo que se popularizaron los chales de cachemira de gran tamaño. Con el cambio al estilo polisón, los chales también sufrieron modificaciones y apareció la visita o prenda para estar por casa. A mediados del siglo xIX se llevaban los chales de encaje y de cachemira. El encaje, que hasta el siglo XVIII se había realizado totalmente a mano, se empezó a confeccionar a máquina en el siglo XIX. Debido a los avances industriales, los grandes chales de encaje tenían un precio asequible. Las ciudades francesas de Valenciennes y Alençon eran los principales centros de producción de encaje.
A pesar de su finura, era resistente y por tanto se podía usar con las amplias faldas del estilo miriñaque. Éste es un ejemplo de vestido de tarlatana, como los que pueden verse en las pinturas de Manet y Monet. En sus escenas de exteriores estos artistas supieron captar con precisión el efecto de la liviana, vaporosa y parcialmente transparente tarlatana. La moda del estilo miriñaque, que precisaba grandes cantidades de tejido de seda, fomento el resurgimiento de la decaída industria de la seda. Este impresionante ejemplo muestra una atrevida combinación de motivos bordados. Probablemente fuera una dama de la clase alta, fiel seguidora de la moda, quien llevara este elegante vestido con adornos de flecos.
El uso “tradicional” del color blanco para los vestidos de novia data del siglo XIX.
El blanco se utilizaba como símbolo de pureza e inocencia. La tradición se originó en Inglaterra y se convirtió en norma internacional. Anteriormente los vestidos de novia se confeccionaban con tejidos y adornos de máxima calidad, en colores muy variados. En 1857 Charles Frederick Worth abrió una maison en París y sentó las bases de la alta costura. La emperatriz Eugenia fue la primera de una larga lista de clientes aristócratas que requirieron sus servicios. Gracias a su gran visión de futuro y hábiles estrategias, Worth controló la moda parisina a lo largo de medio siglo. Este bello ejemplo de tejido color malva está teñido con anilina, un tinte químico inventado en 1856. Worth se apuntó inmediatamente a la nueva tendencia y fue el primero en utilizar estos colores brillantes hasta entonces nunca vistos. Todos estos vestidos pertenecen al período de transición durante el cual la moda empezaba a basarse en la silueta polisón. No tenía costura horizontal en la cintura, sino que utilizaba pinzas verticales para ajustarse a ésta, realzando el busto y las caderas. Estuvo de moda por el año 1880 y aunque fue un estilo que duró poco, se puede considerar un buen ejemplo del estilo “consciencia del cuerpo” del siglo XIX. El vestido de la fotografía está hecho con organdíe inserciones de tres tipos diferentes de encaje de Valenciennes con motivos vegetales. Se precisaron aproximadamente unos 5o metros de encaje.
En esta época se pusieron de moda los vestidos con grandes cantidades de detalles añadidos, como cintas, volantes y fruncidos. Aunque esta técnica de sobrecargar el traje con adornos era muy utilizada para los vestidos de noche, también era de uso generalizado para la indumentaria de día. A la izquierda vemos una silueta princesa, sin costura en la cintura. El vestido va bien entallado al cuerpo y realza el busto y las caderas. Aunque sigue el estilo polisón, entonces en boga, se puede ver la forma de las caderas, con las pinzas y los fruncidos que hay debajo abriéndose hasta llegar al bajo de la falda. Éste es un ejemplo del estilo de vestido a la polonesa inspirado en el del siglo XVIII, que se puso de moda hacia 1870. A finales de la década de 188o, el polisón alcanzó un tamaño suficiente para que cupieran dos personas; la parte saliente se solía describir, en tono irónico. En la segunda mitad del siglo XIX, las mujeres podían disfrutar de largos paseos al aire libre y de meriendas campestres, escapando así del calor estival. El parasol, mucho más que un utensilio para protegerse del sol, era también un accesorio de moda muy visible. El grosor y la rigidez del tejido de seda de gran calidad resultaba ideal para crear las claras y precisas líneas del estilo polisón. De todas las sedas de calidad de la época, la de Lyon era la mejor. La moda femenina de ese período consumía grandes cantidades de tejido de seda de Lyon. Este ejemplo, una combinación de los colores complementarios azul verdoso y rojo, muestra el nuevo gusto en cuanto a colores, que fue posible gracias a los nuevos tintes químicos que se inventaron en esta época.
