La alta costura y la sociedad moderna

Resulta imposible ignorar los vínculos de parentesco que unen la Alta Costura al objetivo propio de la organización burocrática moderna, en su voluntad de reabsorber la alteridad intangible de las formas tradicionales de lo social, en provecho de una racionalidad operativa, conocedora y deliberada. De qué se trata en efecto sino de desprender a la moda de un orden en el fondo aún tradicional, en el que las novedades eran aleatorias e irregulares, en el que, además, la iniciativa de cambio era un privilegio aristocrático arraigado en la estructura de una sociedad de órdenes. Conla Alta Costura, la innovación, aunque imprevisible, se convierte en imperativa y regular, ya no se trata de una prerrogativa de nacimiento sino de una función de un aparato especializado, relativamente autónomo, definido por el talento y el mérito; la moda, como las demás dimensiones del mundo humano, se abre a la experimentación acelerada, a la era moderna y voluntarista de las rupturas y «revoluciones».

Organización burocrática, aunque de un tipo particular, puesto que al frente de las grandes casas se encuentra no un poder anónimo, independiente de la persona que lo ejerce, como en el caso de las instituciones modernas «panópticas» y democráticas, sino un artista idealmente irremplazable, único por su estilo, sus gustos, su «genio». En la Alta Costura, al igual que en las organizaciones burocráticas estrictas, resulta imposible separar la persona de la función; el poder no es intercambiable o desencarnado, el modisto se define por un talento singular, su firma, que en el caso de los más grandes se intentará perpetuar incluso después de su desaparición (por ejemplo, el estilo Chanel). La Alta Costura ha conjugado de manera original un proceso burocrático con un proceso de personalización que se manifiesta mediante la «omnipotente» estética incanjeable del modisto. En ese sentido, la Alta Costura forma parte de esas nuevas instituciones inseparables de una sacralización de las personas, mientras que, de manera antinómica, la sociedad moderna se define por la desincorporación anónima del poder político y administrativo.’ La lógica de la dominación diluida e impersonal de los estados demócrata burocráticos, tiene como complemento cl poder mágico de supra individualidades aduanas por las masas: grandes actrices de teatro y grandes modistos, vedettes deportivas y de musichall, estrellas del cine, ídolos del espectáculo. Así, a medida que la instancia política renuncia a la exhibición de los signos de poder, a los símbolos de su alteridad con la sociedad, en el campo «cultural» se erigen figuras casi divinas, monstruos sagrados que gozan de una consagración sin igual, introduciendo con ello de nuevo cierta diferencia jerárquica en el seno del igualitario mundo moderno.

Si bien la Alta Costura es sin duda una figura de la época burocrática moderna, sería inexacto asociarla a esa forma históricamente unida al control burocrático, que es el dispositivo disciplinario. Efectivamente, en vez de la producción de cuerpos útiles, la glorificación del lujo y del refinamiento frívolo; en lugar de la uniformidad, la pluralidad de los modelos; en lugar de la programación conminante y la minuciosidad de los reglamentos, la invitación a la iniciativa personal; seducción de las metamorfosis de la apariencia en vez de una coerción regular, impersonal y constante; en lugar de un micro poder que actúa sobre los más ínfimos detalles, un poder que abandona lo accesorio a los particulares y se dedica a lo esencial. La Alta Costura es pues una organización que, para ser burocrática, practica no las tecnologías de la coacción disciplinaria, sino procesos inéditos de seducción que introducen una nueva lógica del poder.

Seducción que, en primer lugar, aparece en las técnicas de comercialización de los modelos: presentando los modelos sobre maniquíes de carne y hueso, organizando desfiles espectáculo, la Alta Costura, junto con los grandes almacenes, realiza, desde el siglo XIX, «pases» parisinos, exposiciones universales, una táctica de punta del comercio moderno basada en la teatralización de la mercancía, el reclamo mágico, la tentación del deseo. Con sus maniquíes de ensueño, réplicas vivas y lujosas de los atractivos escaparates, la Alta Costura ha contribuido a esa gran revolución comercial, aún vigente, consistente en estimular, en desculpabilizar la compra y el consumo por medio de estrategias de escenificación publicitaria, de sobreexposición de los productos. La seducción, sin embargo, va mucho más allá de esos procedimientos de exhibición mágica, reforzados por la belleza perfecta e irreal de las maniquíes o la fotogenia de las covergirls. De forma más profunda, la seducción actúa por la embriaguez del cambio, la multiplicación de los prototipos y la posibilidad de elección individual. 

Libertad de elección: no eliminemos demasiado rápido esa dimensión que algunos se apresuran a considerar ilusoria con el pretexto de que la moda es tiránica y prescribe a todas las mujeres la línea chic de la temporada. De hecho, sea cual sea la homogeneidad del conjunto, todo un mundo separa la moda de antes de la Alta Costura, con sus modelos uniformes, y la moda plural moderna de colecciones ampliamente diversificadas. La imposición estricta de un corte ha dejado paso a la seducción del mito de la individualidad, de la originalidad, de la metamorfosis personal, del sueño de acuerdo efímero entre el Yo último y la apariencia externa. La Alta Costura ha disciplinado o uniformizado menos la moda de lo que la ha individualizado: «Debería haber tantos modelos como mujeres.»’ Lo propio de la Alta Costura ha sido menos impulsar una norma homogénea, que diversificar los modelos a fin de destacar las individualidades personales, de consagrar el valor de la originalidad en la apariencia, incluso hasta la extravagancia (Schiaparelli). «Qué debéis hacer con la moda? Olvidaos de ella y llevad simplemente lo que va bien, lo que favorece.