
El destino de la moda es ser inexorablemente arrastrada a una escalada de sobre cargas, de exageraciones de volumen, de amplificación de la forma, ignorando el ridículo. Nadie ha podido impedir a los y las elegantes «añadirse» una muesca en relación con «lo que se lleva, rivalizar en pujas de ostentación formal y lujosa: el encaje sobrepasando un poco el largo de la camisa bajo el justillo se desarrolló lentamente hasta convertirse en el miriñaque independiente, de volumen y anchura extremos. Del mismo modo el verdugado tomó un auge cada vez mayor, de acuerdo con el proceso hiperbólico que caracteriza la moda. Sin embargo, la escalada de los anchos no es ilimitada: a partir de un cierto momento, y de forma brutal, el proceso da media vuelta, se trastoca y reniega de la tendencia pasada, aunque sigue impulsado por la misma lógica del juego, por el mismo movimiento caprichoso. En la moda, lo mínimo y lo máximo, lo sobrio y lo relumbrante, la boga y la reacción que provoca, cualesquiera que sean los efectos estéticos opuestos que suscita, tienen el mismo espíritu: se trata siempre del imperio del capricho, sostenido por la misma pasión de novedad y chulería. La moda de la simplicidad y de lo natural que se establece alrededor de 1780, no es menos teatral, artificial, lúdica, que el anterior lujo de refinamiento amanerado.
Por eso la moda no ha cesado de suscitar la crítica, de chocar, a menudo de frente, con las normas estéticas, morales y religiosas de los contemporáneos. No se denunciarán solamente la vanidad humana, la ostentación de lujo y la coquetería femenina, son las formas mismas del traje las que se consideran indecentes, escandalosas, ridículas. En los siglos XIV y XV obispos y predicadores lanzaron violentas diatribas contra la «deshonestidad» de las mangas desbocadas, contra las «desnudeces de garganta» y contra las polainas. El jubón ceñido, cuyo abombamiento hacía al hombre «comparable a un busto de mujer» y «similar a un galgo», escandalizó tanto como los tocados con cuernos. En el siglo XVI se burlaron del verdugado, del que se denunció la artificialidad diabólica; en el siglo XVII, el ringrave, que tenía el aspecto de una falda, y la casaca fueron objeto de burla; en el siglo XVIII la levita provocó la risa, los peinados alegóricos y extravagantes, que colocaban los ojos «en medio del cuerpo», los vestidos femeninos inspirados en el traje masculino, las telas de tul transparentes del Directorio, fueron el blanco de los caricaturistas. Desde la Antigüedad existe una tradición de denigración de la futilidad, de los artificios y de los afeites. Por el contrario, con la irrupción de la moda, las propias prendas de vestir se hallan en el origen de la indignación; por primera vez la apariencia no se basa en un consenso social, sino que choca con los prejuicios y las costumbres, se ve violentamente condenada por la gente de Iglesia, se la juzga ridícula, inconveniente, fea, por parte de los cronistas. La última moda es sublime para los elegantes, escandalosa para los moralistas y ridícula para el hombre honesto; de ahora en adelante la moda y la desavenencia de opiniones irán juntas.
Al disponer un orden hecho a la vez de exceso y de digresiones, la moda ha contribuido al refinamiento del gusto y al agudizamiento de la sensibilidad estética, ha civilizado el ojo educándolo en la discriminación de las pequeñas diferencias, en el disfrute de los pequeños detalles sutiles y delicados, en la acogida de las nuevas formas. Aparato que genera juicio estético y social, la moda ha favorecido la mirada crítica de la gente mundana, ha estimulado las observaciones más o menos agradables sobre la elegancia de los demás, ha sido un agente de automatización del gusto, cualquiera que haya sido la amplitud de las corrientes miméticas que lo han sustentado. Pero la moda no ha sido únicamente una escena donde apreciar el espectáculo de los demás, sino que ha supuesto asimismo una translocación del propio ser, una autoobservación estética sin precedentes. La moda ha estado ligada al placer de ver, pero también al placer de ser mirado, de exhibirse a la mirada de los demás. Si, como es evidente, la moda no crea todas las piezas del narcisismo, lo reproduce de forma notable, hace de él una estructura constitutiva y permanente de la gente de mundo animándola a ocuparse en adelante de su imagen, a buscar la elegancia, la gracia, la originalidad. Las variaciones incesantes de la moda y el código de elegancia invitan a estudiarse, a adaptar las novedades a uno mismo, a preocuparse por el propio porte. La moda no solamente ha permitido mostrar una pertenencia de rango, de clase y de nación, sido tambien ha sido un vector de individualización narcisista, un instrumento de liberalización del culto estético del Yo en el seno mismo de una era aristocrática. Primer gran dispositivo de producción social y regular de la personalidad aparente, la moda ha estatizado e individualizado la vanidad humana, ha conseguido hacer de lo superficial un instrumento de salvación, una finalidad de existencia.
