MUJERES EN PANTALONES

en marcha seriamente en la década de 1890, cuando a la introducción tas. Aunque al principio se dijo que era poco femenina e incluso escanfinal se acabó aceptándola de forma generalizada, posiblemente por-que nadie podía confundirla con la ropa masculina. Los pantalones auténticos tardaron mucho más en generalizarse como prenda de vestir femenina. Hasta los años veinte las mujeres y las mu-chachas no empezaron a llevar pantalones, ni largos ni cortos, ni para practicar deportes ni para uso informal. Este nuevo estilo fue recibido con desaprobación y con burlas. Se dijo a las mujeres que estaban muy feas con pantalones, y que querer llevar pantalones-en nuestra cultura, desde hace siglos, símbolo de la autoridad masculina-no era natural y sexualmente era poco atractivo. Sin embargo, la moda se extendió, y a mediados de la década de los treinta una mujer podía ir de excursión al campo, jugar al tenis o cultivar el jardín con ropa que no la limitase. Esta libertad, sin embargo, se reducía a la faceta privada e informal de la vida. Ponerse pantalones para ir a la oficina o a una fiesta era impensable, y cualquier mujer que apareciese en un acto de etiqueta con un traje pantalón se asumía que era una bohemia excéntrica y probablemente lesbiana. La mayoría de las escuelas y universidades insistieron en el uso de la falda para asistir a clase y entrar en la biblioteca hasta la década de los sesenta, e incluso en la actualidad esta costumbre sobrevive en ocasiones. En la Frick Collection Library de Nueva York a las mujeres se les puede negar el acceso si no llevan falda; en recepción se conserva una falda particularmente antigua y poco atractiva para uso de lectoras ignorantes de esta norma.

La mujer que llevase pantalones antes de 1960 sólo estaba liberada exteriormente. Debajo de la ropa iba más apretada, estrujada y exprimida que en los años veinte. El sostén le tiraba del busto hacia los hombres ayuda de alambres o de rellenos falsos. Los tirantes de este sostén normalmente se clavaban en la carne, dejando dolorosas rojeces en los hombres más abajo la ceñida faja elástica. Hasta las mujeres esbeltas usaban y un trasero prominente se consideraba vulgar. Tampoco había ninguna otra forma decorosa de sujetar las obligatorias medias: a menos que la falda fuese muy amplia, cualquier liguero dejaría una gran marca debajo de ella. Los cincuenta y principios de los sesenta fueron los años del baby en las épocas patriarcales, la ropa de mujer y la de hombre eran marea neta gris tenían siluetas casi tan diferentes como sus abuelos. Sin embargo, fue en esta época cuando los pantalones de mujer empezaron a abrirse camino hacia la respetabilidad. Al principio adoptaron formas bastante peculiares y poco favorecedoras. Los populares pantalones «de torero》 o «capris», por ejemplo, venían en extraños colores chillones y tenían una incómoda pata muy estrecha que acababa quince centímetros por encima del tobillo, como si hubiesen encogido al lavarlos. A menudo se llevaban con blusones premamá, formando un conjunto que recordaba el de un paje medieval. Se acompañaban de zapa-tos tan estrechos y puntiagudos y sin lugar a dudas tan incómodos-como los que se llevaban en los siglos XIV y XV. Esta indumentaria era apropiada, pues la atosigada e inexperta madre de los años del baby boom al contrario que sus progenitores-no tenía sirvientes y se veía obligada a hacer de criada de su marido y sus numerosos hijos.

A finales de los sesenta los pantalones de mujer finalmente se volvieron elegantes y respetables, y la ropa interior desapareció o adoptó formas inofensivas. Ya antes de que se iniciase la segunda oleada de la liberación de la mujer, la larga lucha por la comodidad y la libertad en el vestido femenino parecía haberse ganado por fin. La aparición de los pantis liberó a las mujeres de los feos y a menudo dolorosos dispositivos de goma, mental y plástico que utilizaban para sujetarse las medias. Una vez más se permitía tener curvas de la cintura para abajo, además de arriba, y millones de fajas se tiraron al cubo de la basura, donde pronto se les unieron millones de sujetadores con rellenos y alambres. Durante los años setenta, las mujeres de todas las edades se ponían trajes pantalón o pantalones solos para ir a trabajar, para ir a fiestas, al teatro, a restaurantes elegantes y para viajar en vuelos internacionales. Los redactores de moda afirmaban, y las mujeres lo creían, que los malos tiempos habían pasado para siempre cortes y parece estar cobrando fuerza un movimiento contra revolú simplemente como una época de victoria provisional. De hecho, toda la historia de la moda femenina desde 1910 hasta la actualidad se puede ver como una serie de campañas de mayor o menor éxito para hacer que la mujer vuelva a adoptar un estilo incómodo, no sólo con los pro-pósitos de Ostentación Vicaria y de asegurarse la propiedad sexual, sino también y cada vez más para perjudicarlas en su competencia profesional con los hombres. La falda tubo, la faja, los sombreros inestables de las décadas de los diez y los cuarenta, los vestidos embarazosamente cortos de los años veinte y sesenta, son elementos que han contribuido a esta maniobra. En la actualidad sus recursos estratégicos más efectivos son el calzado y la exigencia de esbeltez.