
La relación de María Asunción Fernández “Asunta”, primera probadora y jefa general del taller de Henriette con Eva D. de Perón había comenzado entre febrero y marzo de 1946, cuando la señora de Perón hizo tres visitas a la casa, que se interrumpieron después de la asunción del mando porque Asunta, acompañada en alguna oportunidad por Manuela Bancalero de Castro (una empleada que llegó a cumplir 50 años de antigüedad en la casa) iba sola a la residencia presidencial directamente. La influencia de Asunta Fernández ha sido decisiva en la transformación del estilo de Eva Perón, desde su talle 46 y sus peinados con jopos hasta su delgada figura que realzaba con los rodetes tirantes. Gladys Georgette, directora de modas de la casa, nos cuenta: “Eva Perón era en su momento bastante gordita (un 46 de confección que es casi un talle 48), muy joven y con linda piel; alta, con más de 1,70de estatura. Asunta fue muy importante en la transformación del estilo, que comenzó en su viaje a Europa en 1947 y se continuaba todas las mañanas en la residencia presidencial. Evita prácticamente no dormía, se acostaba a las 4 de la mañana y a las 7 ya Asunta le preguntaba: ‘hoy qué tiene, señora?’, y entonces le armaba los conjuntos y le indicaba qué tenía que ponerse para cada ocasión.
Del año 1946 al año 1952 la transformación y el cambio en la forma de vestir de Eva Perón fue total. Asunta iba dos veces por año a Europa, y por su cuenta y riesgo encargaba todo lo que le parecía. Para su primer viaje acompañando a la señora del Presidente obtuvo en un día el pasaporte y la nacionalidad argentina, porque ella era gallega y fue invitada por la señora de Perón el día antes de la partida mientras le hacía una prueba. “Desde la vuelta del viaje a Europa y hasta su muerte todos los vestidos venían directamente de Dior y de Fath, quienes tenían en Francia un maniquí con sus medidas. Los vestidos venían con Asunta en un compartimento especial en los aviones de Aerolíneas Argentinas.”
A pesar de la transformación de su estilo y de su despojamiento a través de los años, no podemos negar que su gran intuición la llevó a vestirse de una manera muy especial para sus largas jornadas en el Ministerio de Trabajo. Ella plasmaba en la realidad lo que nos enseña Aldous HHuxley en Heaven and Hell con respecto a las ropas y sus accesorios usados como instrumento político: “Los hermosos e imaginativos trajes usados por reyes, papas y sus séquitos militares y eclesiásticos tenían el propósito práctico de impresionar a las clases bajas con un alegre sentido de su grandeza sobrehumana. Todas esas visiones induciendo propósitos desiguales para hacer que todo caballero o dama parezcan como héroes”. Juana Palmou nos dice: “Era joven, bonita y con una piel espléndida, vestida con los trajes sastre de Luis que eran una maravilla, usaba costosas alhajas, pero la gente que iba al Ministerio a verla no lo veía mal en ella, los obreros sobre todo la veían representativa”. Sabiendo que la muestra de riquezas en vestidos y alhajas no sólo sirve como indicador de la situación social, no nos debe extrañar que Eva Perón no haya tenido una notoria influencia en los estilos de las mujeres argentinas ya que, como vimos, al no ser elegidos por ella no expresaban su propia personalidad, sólo eran utilizados como signo distintivo de su posición política. En las casas de modas solía repetir: “Que el descamisado sea Perón, yo quiero estar linda para mis grasitas”.
El hecho de haber utilizado sus vestidos como herramienta de expresión política y no de conocimiento personal tal vez nos ayude a aclarar una de las grandes contradicciones de Eva D. de Perón: el haber desperdiciado la gran oportunidad de imponer una moda argentina promocionando el diseño y la industria nacional. Cuando en el año 1947 se cerró la importación, se daban algunas interesantes condiciones que lo hubieran hecho posible: una industria textil incipiente que se nutría de contingentes de inmigrantes europeos con experiencia en el ramo (sobre todo israelitas y armenios) y un sostenido movimiento de argentinización o búsqueda de lo auténticamente nacional, impulsado por las migraciones de las provincias hacia la capital. Sin embargo, en el mundo de la moda, a pesar de la política de fronteras cerradas, los vestidos seguían llegando de París, algunos visiblemente armados en maniquíes en la parte trasera de los aviones de Aerolíneas Argentinas; los más, entrando en las bodegas de los barcos.
Bernarda Meneses nos dice: “En el año 1952 llegué con mi hermano de Europa trayendo 25 baúles con ropa. En el puerto de Buenos Aires nos recibieron unos carteles que decían: ‘El contrabando será penado con prisión’”. Mientras tanto, el movimiento de búsqueda de las raíces argentinas se agotaba y conformaba en la idea de Eugenia de Chicoff, de ponerles nombres típicos de nuestra tierra a sus vestidos en reemplazo de los franceses. Desde entonces, titulando algún diseño en las revistas de la época, podemos leer, entre otros: “Sarandí” y “Quilmes”, en lugar de los tradicionales “Cyon”, “Colbert” o “Victoire”.
