
La primera mitad del siglo fue testigo de la mecanización de la estampación y de mejoras en la maquinaria de hilatura y tejeduría. En 1856 la invención de la anilina, el primer tinte sintético, supuso un cambio espectacular en la paleta de colores de la indumentaria. Los azules, malvas intensos y rojos oscuros que la anilina producía eran tan nuevos que la burguesía los adoptó inmediatamente. Además, la máquina de coser, a la que el norteamericano Isaac Merrit Singer introdujo importantes mejoras en el año 1851, demostró que podía aportar un notable rendimiento a la confección de prendas de vestir, e inmediatamente se propagó por toda la industria de la moda. El concepto de prendas “de confección” surgió de forma natural en ese medio. En contraste con una industria de confección de ropa femenina sencilla y funcional, surgió un mercado de alta costura (haute couture), que tuvo un buen inicio durante este período y que demostró ser igualmente próspero. El modisto inglés Charles Frederick Worth sentó las bases de la alta costura de acuerdo con el sistema que sigue existiendo actualmente. Además, al exhibirlos sobre modelos de carne y hueso, cambió radicalmente la manera de presentación de los vestidos. Gracias a Worth, el actual sistema de la moda, en el que varias personas pueden adquirir la obra creativa de un modisto, fue lanzado con éxito.
Prendas deportivas y para lugares de veraneo
Hacia la segunda mitad del siglo XIX, el sistema de vida habitual para ciertas capas de la sociedad había mejorado tanto que las personas tenían más oportunidades para disfrutar de las actividades de ocio. Viajar a lugares de veraneo para escapar del frío o del calor se hizo posible con el progreso del transporte público, y fue ganando rápidamente popularidad. La afición a las actividades deportivas también se extendió entre el gran público. En este período aparecieron los elementos básicos del atuendo masculino que todavía siguen presentes en la actualidad: la chaqueta y los trajes de tres piezas como prendas informales para actividades tales como viajar o practicar deporte. La ropa deportiva femenina, para montar a caballo, cazar y jugar al tenis, era algo más práctica pero no significativamente diferente de su indumentaria urbana. Aun cuando en esa época los baños de mar se consideraban una práctica médicamente recomendable, se esperaba de las mujeres que se quedaran jugueteando en la orilla en lugar de nadar. Sus trajes de baño servían también para practicar deportes y pasear por la playa. Los trajes más adecuados para nadar, que consistían en una parte superior y pantalones, aparecieron en la década de 1870. Hacia finales del siglo XIX, las faldas empezaron a acortarse debido a la popularidad de los deportes más dinámicos como el golf y el esquí. Los cuadros escoceses, prácticos de usar y únicos en color y dibujo, se pusieron de moda después de que los llevara la reina Victoria. La primera en defender su uso, a mediados de siglo, fue la feminista Amelia Jenks Bloomer, de la que tomaron su nombre inglés: bloomers. La llegada del bombacho coincidió con las campañas recién iniciadas en pro de los derechos de la mujer.
Con la influencia de la teoría del “retorno a la naturaleza” de Jean-Jacques Rousseau, a finales del XVIII empezaron a surgir algunas ideas cuyo objetivo era crear vestidos prácticos y cómodos para los niños, aunque la moda femenina siguió ejerciendo una fuerte influencia sobre la ropa infantil. A partir de mediados del siglo XIX las formas de las faldas se fueron haciendo aún más redondeadas y voluminosas. Hacia la década de 1850 estaba de moda llevar faldas con muchas hileras de volantes horizontales, que servían para realzar la forma acampanada de la prenda. Ingres se hizo famoso por pintar retratos que captaban con gran precisión la personalidad y el estatus social del modelo. Sus clientes pertenecían a la nueva y pujante burguesía, y los extravagantes atuendos que caracterizaban la posición social de esta clase fueron pintados por él con una extraordinaria habilidad. La invención de la crinolina hecha con crin de caballo permitió reducir el número de enaguas bajo las faldas. Hacia finales de la década de 1850 surgió un innovador miriñaque con armazón, construido a base de una serie de aros de acero y hu1eso de ballena. Los miriñaques eran fáciles de poner y de sacar, así que las faldas siguieron expandiéndose hasta alcanzar su talla máxima en la década de 1860. El miriñaque se volvió desproporcionado y resultaba molesto para andar o cruzar una puerta, lo que complicaba la vida cotidiana de quien lo llevara.
