
La moda centenaria, con su organización dual de medida/confección, era una formación híbrida semiaristocrática y semidemocrática; al expurgar de su funcionamiento un polo claramente elitista y al universalizar el sistema de la producción en serie, el prêt-à-porter ha impulsado la dinámica democrática inaugurada de modo parcial en la fase anterior. Simultáneamente, la oposición creación original de lujo/reproducción industrial de masa, ha dejado de regir el funcionamiento del nuevo sistema. Cierto que cada temporada vemos aparecer las colecciones de vanguardia de los grandes creadores del prêt-à-porter, pero, por su parte, la moda industrial de masa ya no puede ser asimilada a la copia vulgar y degradada de los prototipos más cotizados. El prêt-à-porter difusión ha adquirido una relativa autonomía en relación con la innovación experimental: espiral de audacia y competencia por parte de los creadores y menor subordinación mimética por parte de la gran producción industrial, así se presenta la nueva situación de la moda. A medida que los industriales del prêt-à-porter han recurrido a los estilistas, que la fantasía, el deporte y el humor se han afirmado como valores dominantes, y que la moda ha dejado de excluir imperativamente cada año la corriente anterior, el vestido de gran serie ha ganado en calidad, en estética, en originalidad, aunque no haya comparación posible con las «locuras» dc las colecciones de los modistos y cercadores.
La disyunción modelo de lujo/imitación industrial o artesanal era preponderante cuando la Alta Costura legislaba con total autoridad, y se difumina cuando la moda es plural y permite que cohabiten los más diversos estilos. Esto no significa que las creaciones de vanguardia ya no sean tomadas en cuenta, sino que su poder de imponerse como modelos exclusivos de referencia ha desaparecido. Ahora, la alta moda no es ya sino una fuente de libre inspiración sin prioridad, junto a muchas otras (estilos de vida, deportes, películas, espíritu de la época, exotismo, etc.…) dotadas de una importancia similar. En tanto que los focos de inspiración se multiplican y que la subordinación a los modelos de último grito se debilita, el vestido industrial accede a la era de la creación estética y de la personaliza-ción. El producto de gran difusión ya no es el reflejo inferior de un prototipo excelso, es una recreación original, una síntesis específica de los imperativos de la industria y del estilismo, que se concreta en una indumentaria que combina de modo variable, en función de la clientela a la que se orienta, el clasicismo y la originalidad, lo serio y lo alegre, lo razonable y la novedad.
El sistema del prêt-à-porter tiende a la reducción del anonimato característico de la confección industrial anterior y a la producción de artículos que presenten un «plus» creativo, un valor añadido estético y un sello personalizado. La espiral en la democratización de la moda prosigue su curso: tras el momento en que ésta dio lugar a una moda industrial de masa-aunque de calidad mediocre, sin estilo y sin el toque moda-, un momento en que la industria ofrece a precios más o menos baratos productos de calidad estética y de creación de moda específica. La democratización del sistema no se debe tan sólo a la desposesión de hecho de la Alta Costura, sino ante todo a la promoción concomitante de la calidad moda del vestido de masa. Progreso cualitativo de la moda industrial prácticamente incuestionable: mientras que el prêt-à-porter de los modistos y de «estilo》representa alrededor del 40% del mercado nacional, numerosos creadores de renombre trabajan o han trabajado como estilistas free lance en las firmas de prêt-à-porter de gran difusión. La lógica de la serie ha sido vencida por el proceso de personalización que en todas partes privilegia el dinamismo creativo, multiplica los modelos y variantes’ y sustituye la innovación estética por la renovación mimética. La moda de masa ha oscilado, en la época de la supere lección democrática, de las piezas pequeñas y de las «coordenadas» de bajo precio, entre la seducción media del «bueno-barato» y la relación estética-precio.
La industria del prêt-à-porter sólo ha logrado constituir la moda como sistema radicalmente democrático en tanto que éste se halla en sí mismo sustentado por el ascenso democrático de las aspiraciones colectivas a la moda. Desde luego la revolución del prêt-à-porter no puede disociarse de los considerables progresos realizados en materia de técnicas de fabricación del vestido, progresos que han permitido producir artículos en gran serie de muy buena calidad y a bajo precio. Pero ésta no puede desvincularse en absoluto del nuevo estado de la demanda. Tras la Segunda Guerra Mundial, el deseo de moda se expandió con fuerza y se convirtió en un fenómeno general presente en todas las capas de la sociedad. En la raíz del prêt-à-porter se encuentra esta democratización última del gusto por la moda aporta-da por los ideales individualistas, la multiplicación de las revistas femeninas y el cine, aunque también por las ganas de vivir el presente, estimuladas por la nueva cultura hedonista de masas. El aumento del nivel de vida, la cultura del bienestar, del ocio y de la felicidad inmediata han animado la última etapa de la legitimación y democratización de las pasiones de moda. Los signos efímeros y estéticos de la moda ya no aparecen entre las clases populares como un fenómeno inaccesible reservado a los otros, sino que se han convertido en una exigencia de masa, un decorado de la vida en una sociedad que sacraliza el cambio, el placer, las novedades. La época del prêt-à-porter coincide con la emergencia de una sociedad orientada cada vez más hacia el presente, autorizada por lo Nuevo y el consumo.
Además de la cultura hedonista, el surgimiento de la «cultura juvenil» ha sido un elemento esencial en el devenir estilístico del prêt-à-porter. Cultura joven por supuesto vinculada al baby boom y al poder adquisitivo de los jóvenes, pero que se revela, más en el fondo, como una manifestación ampliada de la dinámica democrático-individualista. Esta nueva cultura ha sido fuente del fenómeno «estilo» de los años sesenta, menos preocupado por la perfección y más al acecho de la espontaneidad creativa, de la originalidad y del impacto inmediato. Acompañando la consagración democrática de la juventud, el prêt-à-porter se ha empeñado, él también, en un proceso de rejuvenecimiento democrático de los prototipos de moda.
