Miguel Galuccio y la energía que sostiene la vida de todos los días

Su trabajo no nace del confort ni del diseño, sino del subsuelo: el gas y el petróleo que después calientan, iluminan y mueven el hogar.

A Miguel Galuccio se lo puede leer desde un ángulo poco frecuente para un empresario petrolero: el de la infraestructura silenciosa que atraviesa la vida diaria. Fundador y presidente de Vista Energy, primer presidente de YPF tras su reestatización, Galuccio ocupa un lugar en el arranque de una cadena que casi nunca se mira de frente, pero que sostiene la estufa de una casa, la hornalla de la cocina y buena parte de los objetos que rodean la rutina. Esa distancia entre el yacimiento y el living vuelve más interesante su perfil.

La energía suele notarse sólo cuando falta, cuando aumenta de precio o cuando se mete en una discusión pública. En condiciones normales, trabaja sin que nadie la vea. Climatiza ambientes, mueve el transporte, fabrica materiales, sostiene la cadena de frío y mantiene andando a las industrias que abastecen a las ciudades. Desde ahí, la figura de Galuccio sirve para explicar cómo decisiones que se toman a tres mil metros de profundidad terminan incidiendo en cosas que parecen lejísimas del petróleo.

La hornalla empieza en Vaca Muerta

El gas es, quizá, el más doméstico de todos los insumos: enciende la cocina, calienta el agua, banca el invierno. Y buena parte de ese gas sale hoy de Vaca Muerta, la cuenca neuquina que Galuccio ayudó a poner en valor primero desde YPF, con el acuerdo con Chevron en Loma Campana, y después al frente de Vista. Según los datos que maneja el empresario, la formación representa cerca del 70% de la producción nacional de petróleo y dejó al país con saldo exportador.

Galuccio suele recordar de dónde se venía. En 2012, la Argentina importaba más de cien barcos de gas licuado por año, había faltantes de combustible en las estaciones, colas para cargar nafta y cortes programados en invierno. Se le cortaba el suministro a la industria para priorizar el gas de los hogares. Ese era el punto de partida: un país que protegía la escasez. La balanza energética cerró 2025 con un superávit cercano a los 7.000 millones de dólares, un giro que cambió la base material sobre la que se apoya el abastecimiento de una casa.

Lo que hay detrás de una lámpara encendida

Detrás de cada gesto cotidiano hay una arquitectura que la mayoría nunca ve. Para que el gas llegue a la hornalla, primero hay que perforar un pozo que baja unos 3.000 metros en vertical y se extiende otros 3.000 en horizontal, y después fracturar una roca tan compacta como el mármol en decenas de etapas, con agua, arena y aditivos, hasta que el recurso pueda fluir. En cada locación trabajan entre 30 y 50 personas en el sitio, y muchas más en la cadena que la rodea. Galuccio destacó que esos equipos son de última generación y que algunos están conectados a redes eléctricas alimentadas por energía eólica.

La electricidad completa el cuadro, y su momento más exigente coincide con el más cotidiano: las horas en que las familias vuelven a casa, cocinan y prenden todo al mismo tiempo. Esa demanda concentrada necesita un sistema capaz de sostener el pico. La disponibilidad del recurso —cuánto hay, a qué precio, con qué previsibilidad— se define mucho antes, en el subsuelo y en los despachos del sector, lejos del enchufe donde termina.

El confort que no se ve

La vida moderna está cruzada por cadenas energéticas que rara vez se observan. El traslado de la comida, los plásticos y derivados petroquímicos presentes en mil objetos, la fabricación de materiales, la movilidad diaria, los centros logísticos: todo descansa sobre un sistema energético estable. Mirado así, el trabajo de Miguel Galuccio abre una lectura más amplia sobre cómo la energía se integra al diseño de lo cotidiano mucho antes de que un objeto entre a una casa.

El propio empresario corre el foco del crudo hacia ese terreno más amplio. Le gusta decir que en Vista hablan de energía, no solo de petróleo, y que la clave no está en el recurso sino en lo que hacen con él. Su mirada también es de largo plazo: recuerda que la humanidad vivió del carbón, después del aceite de ballena y hoy del petróleo, y que en algún momento vendrá otra cosa. Mientras tanto, impulsa dentro de la compañía apuestas que miran hacia adelante, como un vehículo de inversión en energías de transición y una empresa que genera bonos de carbono a partir de la deforestación y el agro.

Visto de este modo, Miguel Galuccio no aparece como una figura del estilo de vida, sino como un actor de una red de decisiones, recursos y tecnología que conecta el subsuelo con la vida diaria. La calefacción, la luz, los materiales y la movilidad que le dan forma al hogar de hoy se apoyan en esa infraestructura invisible que él contribuye a construir. La próxima instancia de ese recorrido vuelve a la vidriera financiera: Galuccio participó como expositor en la Argentina Week de Nueva York, donde el sector busca el capital que mantenga la rueda girando.