
La Revolución adoptó una manera de vestir como objeto de propaganda ideológica de la nueva era, y los revolucionarios manifestaron su espíritu rebelde apropiándose de la indumentaria de las clases bajas. En lugar del calzón y las medias de seda que simbolizaban la nobleza, los revolucionarios se pusieron pantalones largos llamados sans-culottes. Esta moda, que tiene su origen en el gusto inglés, más sencillo, evolucionó hacia un estilo de casaca y pantalón que posteriormente fue adoptado por el ciudadano del siglo XIX. Pero no todo cambió en 1789. Si bien durante la Revolución surgieron nuevos estilos de moda que se sucedían rápidamente, reflejando la cambiante situación política, el atuendo clásico, como el terno a la francesa, seguía usando como traje oficial de la corte.
En algunos casos el caótico clima social generó modas excéntricas. Los jóvenes franceses, en especial, adoptaron estilos radicales, inusuales y frívolos. Durante el Terror, los muscadins, un grupo de jóvenes contrarrevolucionarios, protestaron contra el nuevo orden y se vistieron con excéntricas casacas negras de grandes solapas y amplias corbatas. Siguiendo la misma línea de excentricidad, los petimetres (petits-maîtres), llamados incroyables, aparecieron durante el período del Directorio. Su equivalente en femenino, las conocidas como merveilleuses, lucían vestidos extremadamente finos y diáfanos, sin corsé ni guardainfantes. En las ilustraciones de moda de la GGallery of Fashion (1794-1802, Londres), de Nicolaus von Heideloff, se pueden ver vestidos redondos, así como otros con la cintura situada bajo el busto y formados por corpiños y faldas de una sola pieza. El vestido redondo más adelante se transformó en el vestido camisa o camisero, el atuendo de algodón más popular de principios del siglo XIX. Mientras que en Inglaterra la modernización fue debida a la Revolución Industrial, la sociedad francesa recibió nuevos impulsos en la última época del rococó gracias a la revolución política. Situada frente al telón de fondo de tal malestar social, la moda europea avanzó hacia una nueva modernidad.
Tamami Suoh, director del Instituto de la Indumentaria de Kioto Durante el período rococó los trajes femeninos estaban formados por tres piezas: la sobrefalda, la falda (interior) y un peto triangular. Estas prendas se llevaban encima de un corsé y un guardainfante. (La palabra “corsé” no apareció hasta el siglo XIX.) Éste fue fundamentalmente el estilo del atuendo femenino durante todo el siglo XVIII. El nombre dado a estos vestidos abiertos frontalmente, de torso ajustado y pliegues en la espalda, era “vestido a la francesa”. Estos típicos vestidos de estilo rococó fueron el atuendo de etiqueta hasta la Revolución Francesa, que no solamente ocasionó drásticos cambios en la sociedad, sino que también provocó una revolución en el vestir. Un nuevo estilo de principios del siglo XVIII fue la robe volante, el vestido volante, una derivación del négligé, que se llevó durante los últimos años del reinado de Luis XIV. Se le denominó de esta manera porque lo que caracterizaba a este tipo de vestido era el largo volante acampanado de la falda, que bajaba desde los hombros hasta los pies. Y aunque debajo llevaban un corsé bien apretado, el amplio vestido daba la impresión de comodidad y distensión.
El encaje, creado con las más delicadas técnicas artesanales, era importante para embellecer los trajes, tanto masculinos como femeninos. El encaje de punto de aguja, basado en técnicas de bordado, y el de bolillos, basado en técnicas de trenzado, estuvieron en auge en la Europa de finales del siglo XVI. La producción de encaje era importante en algunas partes de Italia, Francia y Bélgica, y estos distintos tipos de encaje recibían el nombre de su lugar de producción. En la página izquierda se ven las quilles o ribetes encarrujados, que van desde el cuello hasta el bajo de la falda siguiendo la abertura frontal del vestido; las barbas del tocado y las engageantes de los puños, todos ellos de encaje, dan al traje un aspecto aún más lujoso. Como el encaje era el ornamento más caro para adornar un vestido, el tipo que se utilizaba para las engageantes variaba, desde diversas capas de encaje de alta calidad hasta sencillas piezas de algodón calado. El delantal decorativo de encaje fue uno de los elementos más populares del vestuario femenino durante el siglo XVIII.
El vestido a la francesa, con abertura en forma de V en la parte frontal, se llevaba con un peto, un panel triangular de acabado puntiagudo o redondeado, que cubría la parte frontal del corpiño. A veces se le añadía un pequeño bolsillo interior. Para evitar que el pecho destacara demasiado, el peto iba extravagantemente adornado con bordados, encaje, hileras de lazos de cinta dispuestas con gran cuidado, llamadas échelle (escalera), y algunas veces pedrería. Puesto que los petos debían llevarse sujetos al vestido mediante alfileres, ponerse este atuendo requería mucho tiempo
Durante este período, se anhelaba un estilo de vestir más cómodo. Aparecieron las prácticas casacas cortas, como el casaquin y el caraco, de muchas formas y variedades, y cada una de ellas tenía su propio nombre. Tal es el caso de la chaqueta de la fotografía, concretamente llamada pet-en-l’air.
